lunes, 16 de diciembre de 2013

Estrellas que se apagan

En la próxima edición de los Oscars, el homenaje que se suele dedicar a los fallecidos va a tener que contar con más tiempo del habitual. Y es que este año está siendo un poco nefasto para el mundo del cine. A la muerte de Nagisa Oshima, Peter Duryea, Deanna Durbin, Esther Williams, James Gandolfini, Dennis Farina, Karen Black o Eleanor Parker por no mencionar a Fernando Guillén, Pepe Sancho, Sara Montiel y Amparo Soler Leal en España, por mencionar unos pocos, se suman dos más en el día de ayer. Una de ellas vivió el Hollywood dorado de los grandes estudios mientras que el otro comenzó cuando estos languidecían y daban paso a nuevas corrientes.

Primero nos enteramos del fallecimiento de Peter O'Toole, el acto irlandés, que deslumbró con sus ojos azules en Lawrence de Arabia gracias a esos primerísimos planos en los que David Lean quería plasmar el tormento interno del personaje. Gran bebedor, como buen irlandés, combinó papeles tanto en el cine como en el teatro hasta que su adicción a la bebida le impidió en muchas ocasiones seguir en primera línea y convirtiéndose en un secundario de lujo, ya fuese en el cine (como en El último emperador o Troya) o en series de televisión (como en Los Tudor).

Ya por la noche volvió la misma noticia pero esta vez la protagonista fue Joan Fontaine. Aunque ya había hecho algunos papeles en la década de 1930 saltó a la fama en el papel de la segunda señora De Winter en Rebeca y se llevó el Oscar en su segundo trabajo con Hitchcock en Sospecha. Esto provocó que se dedicase a papeles de mujeres algo atormentadas, con matrimonios o relaciones difíciles, salvo pequeñas excepciones como en Ivanhoe. Prácticamente retirada desde la década de 1960 (con algunas apariciones en series de televisión en los ochenta), justo cuando empezaba la suya Peter O'Toole, era sonada la rivalidad que mantuvo siempre con su hermana Olivia de Havilland, que debe estar satisfecha de haberla sobrevivido siendo mayor que ella.

Nos vamos quedando sin estrellas vivas del cine y, sinceramente, las actuales no les llegan ni a la suela de los zapatos.