martes, 1 de abril de 2014

Cautivo y desarmado...

Hoy se cumplen setenta y cinco del famoso telegrama de Franco que empezaba así "En el día de hoy, cautivo y desarmado..." y que ponía fin a casi tres años de guerra civil. Oficialmente. Porque oficiosamente empezaban los años de los juicios sin miramientos, los fusilamientos, las vendettas y todo intento imaginable de expurgar la mancha roja sobre un país que debía ser uno, grande y libre. Oficialmente comenzaban cuarenta años de dictadura, cuarenta años de silencio represor, de dominio de las oligarquías tradicionales, del Ejército y la Iglesia, que acumularon más poder del que nunca habían tenido o imaginado poseer.  

Setenta y cinco años después y aún siguen muchísimas heridas abiertas. Afortunadamente, y aunque ya tengo una cierta edad, no recuerdo prácticamente nada de la época de la dictadura aunque sí de sus momentos posteriores cuando comenzaba la democracia pero persistían algunos comportamientos del régimen como los castigos corporales en el colegio. Uno de mis primeros recuerdos es estar en el salón de mi antigua casa con mi hermana y mi abuela viendo de refilón como un montón de gente pasaba por delante del féretro de Paca la culona. 

Setenta y cinco años después y nos siguen gobernando muchos cuyos padres pertenecieron al régimen y se sacudieron la chaqueta después de 1975 alegando que habían sido demócratas de toda la vida mientras muchos otros morían en las cárceles represaliados simplemente por creer que las cosas podían hacerse de otra manera. Esos que, bajo un ligero barniz de democracia, pretenden seguir dirigiéndonos la vida, señalando lo que debemos pensar, lo que debemos hacer y cómo debemos vivir nuestra vida. El pensamiento único. Mi padre siempre ha dicho que se coge antes a un mentiroso que a un cojo y, en una variante del mismo, siempre he pensado que a los políticos hay que dejarlos hablar. Mucho. Porque cuanto más digan más se les nota el pie del que cojean. Líbrate de los que hablan poco y callan mucho porque se guardan lo peor para sí mismos (como la trotona de Pontevedra) pero cuando hablan ya sabes a qué atenerte y actuar en consecuencia.

En fin, setenta y cinco años de millones de historias que contar, de vidas truncadas y destrozadas porque a unos cuantos se les pasó por la cabeza acabar con los intentos de progreso que intentaba llevar a cabo la II República. Y aún se sigue justificando todo aquello...