jueves, 14 de noviembre de 2013

Pruebas

Ayer tuve la prueba de la resonancia magnética. Una de las consecuencias de mi visita a la neuróloga de hace un par de semanas. La otra es que parece que el tratamiento preventivo va funcionando porque mi cabecita loca se ha tranquilizado, o el que se ha tranquilizado ha sido yo después del mes de octubre.

Ha sido la mar de gratificante. Si por gratificante quieres decir que te tumban, te ponen unas orejeras como si fueses a Siberia y comienzan a taladrarte con un megamix de música electrónica + los mejores momentos en la vida del pájaro carpintero + los grandes hits de una obra en la calle, con taladro y excavadora incluida. Durante dieciocho minutos. Mientras intentas seguir los consejos de la enfermera de respirar pausadamente. Y no pensar en cómo sería el ruido sin las orejeras. Y, sobre todo, dando gracias al Universo, al Sumo Hacedor y a todo bicho viviente porque ese día no hayas tenido dolor de cabeza ni migraña.

Por no hablar de la bata de papel-fieltro que te hacen poner mientras te quedas en ropa interior, calcetines incluidos. Totalmente a la moda. Y sin un tío medianamente merendable que mirar en el breve trayecto de la cabina al aparato. Claro que sin mis gafas y caminando con calcetines encima tendré que dar gracias por no haber pegado una trompada...